miércoles, 15 de junio de 2011

DE DÓNDE NOS SACÓ DIOS.

Isa 51:1  Oídme, los que seguís justicia, los que buscáis al SEÑOR: mirad a la piedra de donde fuisteis cortados, y a la caverna de la fosa de donde fuisteis arrancados.

Últimamente estamos enfrentando una avalancha de comentarios, de videos, sermones y llamados de atención, con respecto a la verdadera iglesia de Dios; que unos se enriquecen predicando la prosperidad que otros solo hablan a sus discípulos cosas buenas y no predican el evangelio completo, que muchos representantes de Dios están pecando, etc, etc. Y aunque esto es una realidad, quiénes somos nosotros para juzgar y para condenar; nos hemos olvidado lo que dice el texto de Isaías 51, se nos ha subido el cristianismo a la cabeza?. Jesús el Cristo nos enseñó que debemos ser humildes, intercesores y de ayuda a los necesitados, y estos no solo están en las calles, también y en gran número están en las iglesias; pero no debemos ser espinas que maltratan y critican, debemos ser ungüento de alivio,  nuestra responsabilidad es la de enseñar con amor y ser dignos representantes de Dios acá en la tierra, y esto solo se logra estando en Su Secreto.


Realmente conocemos a Dios para atribuirnos cargos que no son de nuestra incumbencia? Recordemos a Job: “Hubo un varón en la tierra de Uz, llamado Job; y este era hombre perfecto y recto, y temeroso de Dios, y apartado del mal.”  Así lo llama Dios, pero miremos que luego de su prueba y penurias, Job reconoce que no conoce a Dios pues solo de oídas había escuchado de Él.


Jesucristo nos enseñó claramente quienes verán a Dios: “...Bienaventurados los misericordiosos porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los de limpio corazón; porque ellos verán a Dios”.  


Solo Dios conoce los corazones y solo Él puede juzgar, nosotros estamos llamados a dejar que El Consolador nos use para enseñar, para interceder y ser misericordiosos; no olvidemos de donde nos sacó Dios.


Si queremos ser parte de la verdadera Iglesia, debemos repasar, escudriñar y aplicar Mateo capítulos 5, 6 y 7.

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